El lobo desaparece
Aquella noche, cuando se enteró que de verdad ya no había mas espacio bajo sus pies, y que había tocado fondo, Nezrelyy pudo llorar a mares la perdida de lo que ella había considerado lo más certero en su extraña y anulada existencia: el lobo que la había acompañado por años en sus sueños, aquel compañero de caminos recorridos definitivamente en su imaginación, la abandonaba. El lobo debía cazar, ya no podía dejarse domesticar más, no era parte de su naturaleza y su necesidad vital de sangre estaba llevándolo a la locura total.
Hace tres años atrás lo conoció y sin planear nada fue paulatinamente adentrándose en la vida onírica de Nezrelyy. No porque Volk quisiera - con ese nombre solía llamarlo - sino porque ella misma había encontrado en él al compañero perfecto, la comprensión total y la lealtad a toda prueba que cualquier ser de este cosmos habría deseado hacer realidad en su existencia.
La mezcla de desconfianza y ternura que fluía en Volk había remecido los sentidos de Nezrelyy y la transportaba certeramente a lo que ella creía, su destino final, es decir, ya nada valía más que sus encuentros. La muerte no importaba, pues para Nezrelyy ya estaba todo vivido. Había tocado a dios en sus sueños y eso dejaba atrás cualquier ambición que antes moviera sus esfuerzos.
Pero había un secreto: Volk se alimentaba de dolor, y Nezrelyy jamás intuyó aquello. Y así ella se transformó en alimento y bebida, en necesidad y vicio para el lobo.
Nezrelyy instintivamente fue percibiendo que su vida se desmoronaba y ya no podía controlar que era irreal y qué no. Su existencia se había transformado en una vorágine de enmarañado desconsuelo y todo lo que emprendía se iba destruyendo en igual proporción al empeño que colocaba en ello. La maldición del dolor comenzó a hacer estragos en sus sueños y fueron transformándolos en pesadillas recurrentes, las que tenían sobre ella un poder seductor que la amarraba sin permitirle moverse a voluntad.
Al paso del tiempo, y hermanándose al engaño que su propio dolor nutría, fue reconociendo sus debilidades y aprendió poco a poco a mover su boca. En un principio con bastante dificultad, después con más y más soltura. Al cabo de un año de ejercitar su libertad, escondida de ella misma, se atrevió a hablar. Susurró su nombre: "soy Nezrelyy, hermana del engaño, hermana del dolor", una y otra vez repitió como un mantra esta frase, hasta que lo comprendió todo. Su cuerpo dormido se había enraizado a la tierra y se había unido irrevocablemente a ella.
Entonces abriendo su boca y llenando sus pulmones y su corazón de aire y valor respectivamente, gritó con todas sus fuerzas: ¡DESPIERTA!
El lobo la miró, comprendió lo que tocaba hacer, comprendió la acción y la reacción de Nezrelyy. Y sin mirar atrás se alejó sin decir nada, sabiendo ciertamente que era el fin.

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