Mi primer amor
Aquella tarde fue impactante, miraba los datos del exámen de medición de gonadotrofina coriónica marcando miles de millares de unidades de vida dentro mío: estaba embarazada. Una suerte de alegría mezclada con terror se apoderaba de mi y desde ese mismo instante comencé a hacerme a la idea que una nueva vida se anunciaba.
Después de algunos datos domésticos que no vale la pena mencionar, estábamos ya instalados, jugando a amarnos, felices de poder sentirnos cerca para siempre y cobijando la esperanza de esta nueva persona que llegaría a revolucionarnos con su personalidad y su amor incondicional.
Mi barriga comenzó a anunciarse y al paso de 5 meses ya era evidente, estaba ahí, dentro de mi, hermosa, radiante, acumulando energías, viviendo de mi y yo entregándome al placer de sentirla nadar en mi interior. Pasábamos todo el tiempo observando sus movimientos y cuando pude cerciorarme que este ser era un "ella", morí de alegría. Intuí que podría ser algo más que un cambio de estado, a través de ella yo empezaba a experimentar aquella sensación que jamás había vivido: el misterioso vínculo que existe entre una madre y su hija.
A las 40 semanas de gestación, mi hermosa creación comenzaba a anunciar que quería conocernos, comenzaron los avisos, los mensajes y los llamados a la vida.
Esa noche, después de algún intento fallido por nacer, llegué al hospital pues las contracciones se hacían mas reiteradas y... sorpresa!! Comenzó mi trabajo de parto. Un ejercito de personas me acudieron, me llevaron de la mano en esta aventura del alumbramiento. Yo me dejaba llevar y a pesar del dolor y el temor a lo desconocido, nada era mas exitante que la curiosidad por conocer a mi bebé, a quien había dado cobijo por tanto tiempo dentro mío.
Era el momento, tenia que nacer.
La hice parte de mis proyectos, sin saber mucho a donde iba todo esto. Sentí miedo porque de principio pensaba que no iba a ser capaz, pero sabia ciertamente que nadie podía arrebatar lo que el amor había traído a mi vida. Era un llamado de dios diciéndome: ya basta, lo amas te ama, deja de negarte esto.
Después de algunos datos domésticos que no vale la pena mencionar, estábamos ya instalados, jugando a amarnos, felices de poder sentirnos cerca para siempre y cobijando la esperanza de esta nueva persona que llegaría a revolucionarnos con su personalidad y su amor incondicional.
Mi barriga comenzó a anunciarse y al paso de 5 meses ya era evidente, estaba ahí, dentro de mi, hermosa, radiante, acumulando energías, viviendo de mi y yo entregándome al placer de sentirla nadar en mi interior. Pasábamos todo el tiempo observando sus movimientos y cuando pude cerciorarme que este ser era un "ella", morí de alegría. Intuí que podría ser algo más que un cambio de estado, a través de ella yo empezaba a experimentar aquella sensación que jamás había vivido: el misterioso vínculo que existe entre una madre y su hija.
A las 40 semanas de gestación, mi hermosa creación comenzaba a anunciar que quería conocernos, comenzaron los avisos, los mensajes y los llamados a la vida.
Esa noche, después de algún intento fallido por nacer, llegué al hospital pues las contracciones se hacían mas reiteradas y... sorpresa!! Comenzó mi trabajo de parto. Un ejercito de personas me acudieron, me llevaron de la mano en esta aventura del alumbramiento. Yo me dejaba llevar y a pesar del dolor y el temor a lo desconocido, nada era mas exitante que la curiosidad por conocer a mi bebé, a quien había dado cobijo por tanto tiempo dentro mío.
Era el momento, tenia que nacer.
Quisiera haberla visto salir de mi, pero por circunstancias ajenas a mi voluntad debieron anestesiarme y el médico realizo una cesárea. Lo que les contaré ahora es lo que me contaron, pero lo he imaginado tantas veces que lo asumo como parte de mis recuerdos conscientes.
Ella salía de mi vientre, salía a mirar el mundo, nació con los ojos abiertos, contemplativa, bella, sin llorar, sus ojos destellaban curiosidad, búsqueda, deseo por entender el paso importante que estaba dando. Sus manos y sus pies eran del padre, indudablemente eran sus manos y sus pies, su piel pálida, anunciaba el color almendra que después tendría su rostro. Cuerpo perfecto, alma inquebrantable.
Ella salía de mi vientre, salía a mirar el mundo, nació con los ojos abiertos, contemplativa, bella, sin llorar, sus ojos destellaban curiosidad, búsqueda, deseo por entender el paso importante que estaba dando. Sus manos y sus pies eran del padre, indudablemente eran sus manos y sus pies, su piel pálida, anunciaba el color almendra que después tendría su rostro. Cuerpo perfecto, alma inquebrantable.

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